L. Gómez
Como sin proponérselo caminaba hacia el balcón de su dormitorio. Los ojos
bien abiertos y el corazón palpitante. A lo lejos intuía el mar agitarse en la
noche. La brisa le dio en su cara. Ayer, justo ayer, era feliz. Ayer, mientras
esos brazos la rodeaban y sentía su respiración en el cuello. Ayer, en aquel
dulce sueño que deseó durara eternamente. Tantos momentos que hubiera querido
extender hacia el infinito. Pero quien sabe lo que el infinito significa… Lo
sublime de un segundo se dilata en el siguiente. Sonámbula, adormecida, de pie
en aquella terraza del piso noveno, ajena a la tragedia, respiraba el aire
salino del océano. Esta noche no había brazos que la rodearan. Que la disuadieran
de deambular dormida bajo las estrellas. Precipitadamente, él había tenido que
regresar a casa. La barandilla estaba fría. Ella, en su trance nocturno, no parecía
notarlo, mientras se encaramaba a ella embelesada con aquella vibrante y
juguetona luz que la llamaba desde el cielo. Aun sonreía mientras se aproximaba
a dar un paso en el vacío. La despertó su propio grito de terror en aquella su última
noche.
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